"No, no eran sus ojos, ni la forma, ni el color, ni siquiera era su mirada.
Creo que muchas mujeres le han alagado sus ojos marrones, pero déjeme decirle con todo respeto y perdóneme si me estoy tomando muchas atribuciones al decirle que no eran sus ojos ni su mirada, era su luz, esa luz que cegaba a cualquier que tuviera oscuridad dentro de sí.
La forma en que esas dos ventanas se iluminaban cada vez que usted hablaba de lo que le apasionaba o de lo que amaba o cuando hablaba de ella. Perdóneme que le diga, pero ojos así he visto en cada esquina, ¿pero esa luz? Ni en el atardecer más brillante."

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